jueves, 18 de julio de 2013

19 de julio de 1947

Puebla, a 19 de julio de 1947.

Querida María de la Luz:

Te hablé por teléfono a las 4 para que así supieras que no iba yo el domingo (como te digo en mi carta anterior), antes de que llegara tu papá. Después, me puse a seguir un dibujo que me dio mi papá a hacer. Y ahorita, dejando por un momento ese trabajo, son las seis de la tarde y por estas letras, salvando la distancia entre Puebla y México, me acerco a ti para poder decirte una multitud de cosas. 

Algunas preguntas de tu anterior carta, es decir, la fechada en 16 de julio y que la pusiste de entrega inmediata, mejor prefiero contestártelas de palabra.

He leído ya muchas veces tu verso, y quisiera estar bajo la sombra de ese oyamel y grabar en su corteza mi nombre junto al tuyo.

Esta semana he tenido bastantes ocupaciones, aunque sin estar abrumado. Sin embargo, no he tenido tiempo casi de nada. Me falta algo de organización, pero ésta voy a procurar tenerla y perfeccionarla, para poder darte problemas ya solucionados.

Ayer, mis hermanas se fueron al cine, no sin antes tener una discusión con mi papá. También ya te contaré, pero de palabra.

En fin, tengo tantas cosas que decirte; pero ninguna me satisface para decírtelas por escrito. De manera que, esperando que nos veamos pronto, les das saludos a tía Luchena, a tu mamá, a Titi, a Lily y a todos. Y tú recibe el corazón de quien no te olvida.


NOTAS. (1) Por esta carta, entendemos que el padre de María de la Luz (el abuelo José) ha expresado de alguna manera que no consiente el noviazgo de su hija y su sobrino.

(2)Agustín hace referencia al poema ("verso") que María de la Luz envió en su carta del 1 de julio de 1947. Reproduzco aquí, de nuevo, la hoja en que fue escrito "Calcomanía", a la vez que transcribo, también nuevamente, los cuatro cuartetos.

 Como rosa que al sol se abre, / como rocío que se estremece,  / así mi alma desfallece / por alcanzar tu divino amor. / Qué grande ante mi vista es / el oyamel que hoy nos cubre, / tal parece querer en su altivez / tocar la inmensidad del cielo. / Al igual que el oyamel, / en un esfuerzo supremo, / quiero tocar mi cielo, / quiero el imposible… a ti. / Mas si todo en vano es / y a mí, como al campo, / el hielo me matara, / antes de morir te dijera: Muero pensando en ti.

Al pie del verso 8, María de la Luz corrigió toda la línea. Ella había escrito: “tocar con su punta el cielo”, pero encontró más elegante la palabra “altivez”.  Sobre el 14, María de la Luz corrigió todo la linea, que se encuentra tachado: “y como en el campo”.

Repito también lo que señalé en las notas del 1 de julio:

Cuatro meses más tarde, el 6 de noviembre, María de la Luz reescribirá el poema. La diferencia es mínima pero significativa: doble signo de exclamación en el último verso: ¡¡Muero pensando en ti!!




miércoles, 17 de julio de 2013

Intermedio IV


Pero antes de seguir con tu fiesta de quince años y con la llegada de papá a la Ciudad de México, hablemos de tu nacimiento. Vas a perdonarme, a propósito, tanto desorden de tiempos, pero la fealdad de este nuevo siglo y la fealdad de esta ciudad me impiden narrar tu vida como yo quisiera, como tú lo hacías: cada cosa en su lugar, la ropa ordenada en el cajón respectivo, los platos bien apilados, la limpieza, el universo sin errores, la vida con calma, despacio que llevo prisa, decías. O como decías de chiquita cuando te preguntaban qué tanto hacías: Acomolando, acomolando. Hoy, en cambio, todo es más rápido... y, por eso, todo es más feo. ¡Cierra los ojos, mamá, este nuevo siglo no es el nuestro!

Dame permiso, mejor, de escribir como sueño.

Entre las sombras de los años veinte, basta una pequeña luz para que la década no sea en vano, no sea pura noche, tanta oscuridad. Hay, el 25 de septiembre de 1926, a las siete de la mañana, un amanecer que, sin saberlo, iluminará los muchos años que aún le quedan a la centuria. Una amanecer así de chiquito, una luz morena que hace de Tacubaya el centro de la historia.


Llegas al mundo el mismo año en que nacen Marilyn Monroe, Miles Davis, Michael Focault y Tony Camargo. Es el año en que muere Gaudí, arquitecto de los sueños, sueños de luz. Llegas a un México de días violentos: campesinos levantados en armas, guerra entre los indios yaqui y el gobierno de Plutarco Elías Calles; misas subrepticias, fusilamiento de curas; monjas escondidas y aisladas del mundo. Es el México de los años veinte, el mismo en que el rico industrial Carlos B. Zetina propone la reelección de Elías Calles (contrariamente a lo que se piensa, su primer apellido es Elías) y se queja de que las grandes haciendas, antes imperio de riqueza y producción, están siendo repartidas entre peones ignorantes incapaces de trabajarlas.

Es un México que vive los estertores de una revolución traicionada y vuelta mausoleo. Tu nombre completo es María de la Luz Gema de los Dolores Tagle y Aguilar de Osorio y Mondragón (lo de Gema fue un disgusto para mi abuela, tu madre, pues es el nombre de la primera esposa de mi abuelo, tu padre, quien para colmo tuvo la torpe idea de colocar el cuadro de la difunta en casa de su segunda esposa), y eres registrada el 17 de abril de 1927, dos días después de cumplir siete meses de nacida, en la Municipalidad de Tacubaya. Don Luis Melgarejo, juez del estado Civil, firma la constancia de tu nacimiento, y de ella dan fe, en el número 100 de la calle de Hidalgo, el adorado Pacito (José Luis Osorio Mondragón) y un señor llamado Manuel Palencia. Tus padres, mis abuelos, don José Tagle y Aguilar, poblano de cincuenta años; doña Concepción Osorio Mondragón, originaria de Texcoco y con cuarenta años de edad. ¡Qué atrevidos! ¡O cuánta salud la de entonces! Muchos años después, te reirás de esto:

-Pues tus abuelos ya eran grandes cuando yo nací, y mira: no me pasó nada, no me pasó nada, no me pasó nada…

Harás bizco y pondrás cara de mensa. Nos reiremos mucho, como para apagar el vértigo de las probabilidades. Pudiste haber salido de veras mal; pero fue todo lo contrario: saliste muy bien, con una inteligencia por encima de lo normal y con una belleza que todavía me trae locamente enamorado.

¿Y tus abuelos, mis bisabuelos, aún están ahí o ya se fueron? José Pablo Tagle y Guadalupe Aguilar; José Delfino Osorio y María Mondragón.

Tío Carlos aprovecha la visita de su sobrino Agustín para leer ante él algunos pasajes de su nuevo proyecto literario: la biografía de Agustín Aguilar y Namorado, su padre, que entonces tiene ya cinco años de fallecido. Piensa que la edición puede hacerla el Centro Veracruzano de Cultura y quiere que el prólogo lo escriba don Erasmo Castellanos Quinto, alumno de mi bisabuelo en la Facultad de Derecho. Don Erasmo abandonó la profesión de abogado para dedicarse a las letras y la enseñanza de la literatura, y en 1941, a sus sesenta y tantos años, sigue siendo un muy buen amigo de la familia.

Los deseos de Tío Carlos, como sabemos, se cumplirán: el prólogo es escrito por don Erasmo.

¡Muy interesante! Pero el joven Agustín ya anda con la cabeza en otro lado. Si en un principio, cuando su primo Mario le comentó de ti, no dio muestras de interés, ahora, en cambio, quiere conocerte, quiere ir a tu fiesta. ¡Y consigue ser invitado!

Tal vez es el primer baile formal de papá, y, como teme ser rechazado, decide sacar a la más fea. Al hacerlo y tocar su espalda, descubre que la pobre muchacha tiene un enorme grano a punto de estallar. Pero Agustín es un caballero: logra pescar unas cuantas palabras, tejerlas entre sí y formar dos o tres oraciones sobre el clima y lo bonito que dejaron el Zócalo para las fiestas patrias.

La pieza musical se vuelve eterna, como rosario en ayuno.

Al buscar con los ojos a Mario, entiende que la niña que baila con su primo eres tú. ¡Qué bonita, de veras qué linda!, piensa papá, y por su cabeza pasan todas las estrategias que un adolescente de 17 años, católico y poblano, puede imaginar para acercarse a ti.

Con la cortesía necesaria, deja a la muchacha del grano y se dirige, con paso vacilante, a la entrada del hall. De pronto, escucha las melosas palabras de Mario:

-María de la Luz, aquí hace mucho calor. Vamos a la terraza.

El rostro de papá lo dice todo. Fija en una pequeña hendidura de la pared, su mirada revela la contrariedad de quien no contaba con la agradable sonrisa de su primo.

¿Qué está sintiendo papá mientras tú platicas con Mario? No es irritación contenida, no son celos, no es ni siquiera enojo. Cómo va a ser eso –piensa Agustín-, si no nos conocemos; pero, entonces, ¿por qué siento cosquillas en el estómago, como si no hubiera comido? Quién sabe, tal vez sea eso: hambre. Veamos qué encuentro por ahí.

Tú platicas con una nube sin rostro llamada Mario, y tus ojos siguen el movimiento de papá hacia la mesa de los canapés. Por fin y con mucho esfuerzo, logras llevar la conversación hacia donde deseabas desde hace rato:

¿Entonces –preguntas como si nada-, Agustín también es mi primo?

¡Sí! –dice la nube-. Es hijo de mi tío Ismael… y nieto, como yo, de Agustín Aguilar y Namorado, tío a su vez de tu papá, porque tu abuela paterna es Aguilar.

Entre adioses y besos al aire de parientes y amigos, ves salir a papá y a Mario; observas que platican, pero no escuchas sus palabras. En ese preciso instante, lo que más quisieras es saber de qué están hablando, al salir de tu casa:

-¿Y qué te pareció la prima?, pregunta Mario.
-Está muy buena. Me gustan sus trenzas.

Pero Agustín no quiere hacerse ilusiones: eres su prima, a fin de cuentas. Y con ese pensamiento regresa a Puebla. Abraza a mis abuelos –Ismael y Esperanza- y sube corriendo a su cuarto, saca la Apologética, busca las páginas sobre el matrimonio y se encuentra con que hay impedimento para que este sacramento se cumpla entre primos.

El joven Agustín cierra el libro y descarta cualquier esperanza. Por ese arrebato de desilusión, no da vuelta a la página ni lee que hay posibilidades de dispensa cuando se trata de primos en tercer grado.

martes, 16 de julio de 2013

19 de julio de 1947



19/7/47

Ayer en la tarde, cuando llegó mi papá, me dijo que si quería ir al cine con él. Le pedí permiso a mi mamá y me fui. Te mando el programa. 


Me encantó la película, es algo sencillamente maravilloso. Creo que nunca había visto algo semejante. Sólo que sentí mucho que no hubieras estado conmigo. Pero si la llevan a Puebla, no dejes por ningún motivo de verla. 

Dile a mi tío que si la ve se quedará encantado, por su música, por la fotografía y por todo. Tocan música de Rachmaninoff, Chopin, Beethoven, etc.

Saludo con todo cariño a mis tíos y a todos. Te quiere con todo el corazón

María de la Luz


NOTAS. (1) No estamos ante una carta sino ante una nota escrita en un trozo de papel. Seguramente, fue entregada en mano. (2) En las notas de la carta de María de la Luz del 18 de julio señalamos que ella había olvidado mencionar que había ido al cine. Debo corregir: es probable que la carta del 18 haya sido escrita antes de ir al cine con el abuelo José. La película es "Siempre te he querido" (I've always loved you). Si deseas, lector o lectora, conocer la película, puedes apachurrar el título en inglés y verla (sin subtítulos) en YouTube. (3) En las dos primeras fotografías de esta entrega, María de la Luz toca el piano (pianola eléctrica) de la sala de la casa de sus tíos (Luz Elena y José Luis, Ma y Pa), en Civilización 43. Junto a ella, colgada en la pared, puede verse una pintura de flores sobre un pequeña lámina de algo que parece mármol (desconozco la técnica). Esta pieza se encuentra hoy en casa de Concepción, mi hermana mayor, quien ha sabido conservarla en perfecto estado.


18 de julio de 1947

Puebla, a 18 de julio de 1947.

Querida María de la Luz:

Ayer me fui a clase de 12 sin haber recibido carta tuya y ya casi sin esperanza de recibirla en el día, pues el cartero ya había pasado. Pero al regresar me encontré con la grata sorpresa de que tenía carta por entrega inmediata. A pesar del éxito que tuvo tu timbre de entrega inmediata (seguramente porque lo pusiste tú), yo ya no vuelvo a hacerlo, pues con lo que me cuentas he escarmentado.

Veo por tu carta que tenemos infinitas cosas que hacer, las cuales las iremos haciendo poco a poco.

En cuanto a mi visita por allá, voy a procurar que no pase el domingo sin verte; pero para que no tengas duda, voy a adquirir la costumbre de avisarte por teléfono el día anterior a mi ida. Ya te he contado que mis clases más o menos las puedo dejar. Por ejemplo, la vez pasada sólo perdí una clase importante. Ahora fui a clase de 7... y no hubo. Después, me informé que había vacación. Claro que toda esta irregularidad para nosotros es molestia, pues de todas maneras al fin del año nos exigen bastante. Lo que sí no puedo dejar son los trabajos que me encarga mi papá. Pero, como te digo, yo creo que ahora los termino y así podré verte el domingo. Pero yo te aviso por teléfono apenas tenga la seguridad.

No he tenido tiempo de ver lo de la fotografía de la Iglesia de la Concepción, de manera que si ves al ingeniero le dices que me perdone, pero que estoy pendiente de cumplirle su encargo.

Saludos a tía Luchena, a tu mamá, a Titi, a Lily y si se puede a tu papá.

Quien no te olvida
Agustín


NOTA. "...y si se puede a tu papá". ¿Qué pasa con mi abuelo? Parece que está decidido a rechazar el noviazgo, decidido a impedirlo. Parece que ha olvidado que él, a principios de los 20, padeció el mismo rechazo de parte de Pa (José Luis Osorio Mondragón), quien fungía como cabeza de familia y consideraba que el noviazgo de mis abuelos resultaba muy apresurado. "¡Apenas tienen seis meses de conocerse y ya quieren hacerse novios!", reclamaba Pa. Pero de eso hablaremos en otra ocasión. Por lo pronto, ilustro esta carta de Agustín con el reverso de la hoja comercial del cine Palacio Chino que María de la Luz guardó de ese día, después de ver la película Siempre te he querido.

lunes, 15 de julio de 2013

18 de julio de 1947

Miércoles, 18 de julio de 1947


Muy querido Agustín:

Lo primero con que tropezaron mis ojos fue con “Querida María de la Luz”. Y, ¿por qué no decírtelo?, extrañé esa palabra que ya has usado y me hace tan feliz: “Mi”. ¿O acaso no te pertenezco? Al menos, eso es lo que yo siento, puesto que ante la Santísima Virgen de Guadalupe te entregué lo que tanto había guardado: mi corazón. No tengo pena en decírtelo. Ella lo aprueba. ¡Se sonrió la Morenita al ver temblar en mis labios el amor que juraba!

En mi aturdimiento, olvidé decirte en mi anterior algo que te repetiré de palabra cuando te vea: ¡Te felicito y le doy gracias a Dios porque te ha concedido el éxito en tus estudios! Tú, que lo mereces, debes estar orgulloso. Yo… simplemente estoy feliz.

También olvidé decirte que recibí tu tarjeta el sábado 12. Me gustó mucho. Rezaré a Nuestro Señor, pidiéndole que se cumplan tus deseos y reine a tu alrededor la paz y la alegría que no se puede cambiar por nada.

Me dices que a pocos lados irás sin mí, y no puedo menos que ofrecerte lo mismo. No creo que en esto haya ridiculez de nuestra parte. Sin embargo, no olvido tus palabras: “Sonreír ante el deber, pero conservar el corazón para quien se ama”. No le llamo sermón a dejar que el corazón hable libremente. Hazlo siempre que tengas tiempo, escríbeme todo cuanto quieras, dime lo que ves, lo que sientes. ¿Pido mucho? Mira que me haces muy feliz con tus palabras y además me sirven de mucho. Soy algo así como una piedra sin forma, pero no tengo la dureza de ella. Puedes, si quieres, labrarla, darle forma. Estoy en tus manos. La obra será tuya.

¡Te quiero tanto! Has venido a trocar todas mis tristezas y amarguras en dicha y placer. Ahora encuentro gusto hasta en lo más prosaico: el arreglo de la casa… Todo me parece que ríe a mi alrededor.

¿Crees que te sea posible venir pronto? No te afanes, yo te espero todos los días. Quisiera que no te apuraras por mí. Piensa que mientras más días dejemos de vernos mayor será la dicha de encontrarnos. “La ausencia para el amor es como el aire para el fuego: aviva al grande y mata al chico”.


El 2 de agosto, sábado, será la fiesta en el Asilo de San José. Ojalá que para entonces estés aquí, y así podremos ir. No sé si tú encuentres diversión viendo a los chiquitines hacer sus pininos sobre las tablas. Además, algunas compañeras mías tomarán parte, recitando, cantando, bailando.

Saluda a todos en tu casa. Y para ti el cariño de María de la Luz.

P.D. Fui al Correo Mayor a depositar ésta, pero me encontré con que estaba cerrado por la muerte de Benito Juárez, y gracias a él mi carta no saldrá hoy, como lo deseaba. ¡Qué suerte! El ingeniero no ha venido, pero cuando lo vea le daré tus saludos.


NOTAS. (1) ¡Este arroz ya se coció! (2) María de la Luz está tan concentrada en expresar sus sentimientos, que olvida comentar que este día fue al cine Palacio Chino y vio la película "Siempre te he querido" (I've always loved you, de 1946), dirigida por Frank Borzage e interpretada por Philip Dorn, William Carter y Catherine McLeod. La entrada principal del Palacio Chino estaba en Bucareli 18. Al terminar la función, el público salía por Iturbide 21. María de la Luz y el abuelo José (su padre) acostumbraban regresar a Bucareli para merendar en el Café España o en el Café Bodón. 


sábado, 13 de julio de 2013

Intermedio III

Cuando escuches este vals, 
has un recuerdo de mí,
piensa en los besos de amor
que me diste y que te di.
Si alguien pretende robar
tu divino corazón,
diles que mi alma te di
y la tuya tengo yo.
Cómo quieres, ángel mío,
que te olvide, si eres mi ilusión.
En el cielo, en la tierra,
en el mar, en la tumba
estaremos los dos.
Sí, mi vida es sólo tuya...
y tuyo mi corazón.

Medianoche de 1997, entre el 15 y el 16 de septiembre
. Suena el teléfono. Me levanto y descuelgo el auricular. Aún medio dormido, pregunto quién llama. Es Concepción, mi hermana mayor.

-Tino, acaba de morir mamá.

Se me desatan las amarras, se me viene todo encima, se me suelta un llanto angustioso, profundo... y caigo al suelo, hincado. Dolor nunca vivido, dolor en quién sabe qué profundidades del alma. Dolor que sabe al odio de Dios. No reconozco la realidad, me parece absolutamente ajena, como si las palabras de mi hermana me hubieran transportado a una densa oscuridad espiritual. La muerte arde, la muerte ahoga, la muerte es insoportable, inhumana.

Ya pasaron quince años... y todavía no termino la biografía de María de la Luz. El libro ya tiene título -Cuando escuches este vals- y comienza así:

Dicen que no es posible, pero yo sí me acuerdo. Tu leche tibia y la brevedad de mis manos en tu rostro, en tus labios. Nos miramos fijamente, sin entendimiento, pura ternura. El mundo está amueblado por tus ojos... y existo porque me miras. Ahora me acuerdo, aunque dicen que no es posible. Y, por supuesto, otros gozos más cercanos: la yema de huevo mezclada con azúcar, tus pestañas en mis pestañas, la mamila que sabe a miel, las ganas de tus arrullos. Pero primero tu leche... y tu mirada mientras bebo. El cielo es mi bochorno entre tus brazos.

Eres Dios y existes, la causa primera. Quiero entrar en ti, perderme en ti, desaparecer en ti, regresar a ti. Muero porque no muero. ¿Cómo te alcanzo, mamá, si la eternidad huye, se esconde y me abandona en el tiempo? Te llevaste todo, y nos dejaste en nuestra pequeñez, balbuceando tu nombre en cada esquina del día. ¿Hacia dónde miro para hablarte, para que me escuches? ¿Hacia las nubes, más allá de ellas? ¿Hacia tu cocina, hacia las cosas que pueblan tu casa, nuestra casa? Estás escondida en la inmensidad de Dios, detrás de su Divina Providencia. Desde la profundidad de los abismos, te llamo.

Tal vez duermes en el silencio de papá, quien, desde que te fuiste, no volvió a ser el mismo. Decía él que con tu partida perdió su infancia. Parece que ya nada le interesó. Y tus hijos andamos en las mismas, pero la vida nos obliga a decir que vamos bien, y hasta hacemos como que se nos olvida el dolor. Papá, en cambio, no tenía compromisos más que contigo. Tuvo derecho al silencio. Míralo, escucha esos ojos que te buscan.

Un día de septiembre de no me acuerdo qué año fuimos al Panteón Español, a las cinco de la tarde. Pero estaba cerrado. Ya no pudimos entrar. Volvimos al otro día. De cualquier manera, aproveché para tomarle dos fotografías a papá en el vagón del Metro. Míralo, te digo, escucha sus ojos.


Vuelvo a la memoria...

Y luego nos peinas con limón. Pero lo que a mí me gusta es tu pelo, y el ruidito que haces cuando te miras al espejo, con un pasador entre los dientes. Me gustan los picoretes que te das con papá cuando él regresa del trabajo –manojo de llaves y pañuelo arrugado sobre el tocadiscos Philips -. Besos de pájaro que alivian mis adentros. A esas horas, hay juego de aromas en la casa: tortilla medio quemada, bolitas de arroz que flotan en caldo de jitomate, el bistec y sus jirones de cebolla; puré de papa, a veces de manzana, como guarnición; agua de Jamaica o limonada; aguacate untado al bolillo, mantequilla en todas partes. La casa huele a ti, a tus manos; la casa eres tú y tus menjunjes, el árnica para el chipote y tus besos para el susto. Pero sobre todo... tu leche. Dicen que no es posible, pero yo sí me acuerdo.

Eres, mamá, un continente, y este libro es un viaje a tu interior. Visitarte, ir de excursión por tu vida es tarea de viajeros experimentados, pues nadie sale de ti sin modificaciones profundas en el alma. Mira a papá, por ejemplo: tu existencia lo embelesa y, así, arrancas de su mente la peregrina idea de hacerse jesuita. ¿Te acuerdas? Puede ser tu mirada, la de esos ojos tuyos que, para fascinar, miden de manera oblicua a quien se acerca; es la mirada que hoy se repite en tus hijas, en tus nietas y en tus bisnietas, porque en ellas estás, tan viva y tan hermosa como aquel otoño de 1941, cuando te vuelves, de pronto, causa de un encantamiento.

De Puebla viene Agustín al Congreso del Apostolado de la Oración que se celebra en la Ciudad de México. Se trata de una organización jesuita, de la que el joven Aguilar Rodríguez, con apenas diecisiete años, es entonces celador, es decir, encargado del cuidado espiritual de diez muchachos, apenas un poco menores.

Están cumpliéndose, a propósito, cuatro meses de que Agustín se extravió en el Ixtaccíhuatl. Se hospeda en casa de tío Carlos Aguilar Muñoz, hermano de Ismael.

¿Te acuerdas? ¡El tío Carlos, el poeta! Poeta menor, pero poeta al fin; autor, además, de la biografía de su padre, mi bisabuelo, Agustín Aguilar Namorado (ya nos servirá el texto para rizar algunos rizos). ¿Desde entonces tío Carlos no oía, o eso fue después? Tú me contaste que Tía Luz -su mujer- hablabla y hablaba y hablaba, sin parar y siempre para reconvenir a su marido por alguna minucia, y que Tío Carlos simplemente apagaba su aparato para la sordera... y listo: miraba a su amada esposa con la sonrisa de un beato.

En ese septiembre de 1941, tío Carlos le cuenta a su sobrino Agustín sobre sus primas Tagle Osorio y sobre la celebración de quinceaños de una de ellas, María de la Luz, en Tacubaya.

-Sí, tío, ya Mario me había comentado hace algún tiempo sobre las primas.
-Qué bueno, qué bueno. Entonces, ¿te animas? Mario es el chambelán de María de la Luz.

Llegan a Tacubaya a las cinco y media de la tarde. Observa que el chambelán es, efectivamente, el primo Mario -unigénito de Carlos-, muy guapo, con su pelo ensortijado, casi como lana de borrego (muchos años después, en el Colegio México, Tío Mario será apodado La Borrega, precisamente por su hermoso cabello).

El baile es el de Los Lanceros. María de la Luz no puede disfrutar su propia fiesta, porque cada vez que algún joven va hacia ella para sacarla a bailar, su padre la hace subir a los cuartos con cualquier pretexto:

-Ve por el suéter de tu hermana, que se va a resfriar. Ve a dejar el abrigo del doctor, ve, ve, ve...

Mi abuelo, ay, mi abuelo.


¡Mira esta foto! La señorita Luz Elena Osorio Mondragón (Ma), el ingeniero José Luis Osorio Mondragón (Pa), mi abuelo José Tagle y Aguilar, mi abuela Concepción, Tití (Guadalupe Romero)... ¡y Nené, es decir tú, de muy chiquita! Ha de ser 1927. Todavía faltaba mucho para 1941, cuando brotó el encanto en tus sueños.

A punto de cumplir quince años, eras Judy Garland levantada por un tornado y llevada a quién sabe dónde, a los brazos de Cary Grant, de seguro, lejos del Londres bombardeado y de la Grecia invadida por los alemanes, lejos de Manuel Ávila Camacho, nuevo presidente, y de León Trostky, refugiado en Coyoacán; lejos de los espías y de los espiados, lejos de la segunda boda de Diego Rivera y Frida Khalo, lejos de José Vasconcelos, que acababa de regresar del exilio; lejos de Pearl Harbor.

Lejos del mundo, cerca de ti.

Traías una extraña imagen desde hace dos años: el General Almazán había recorrido algunas calles montado en un caballo blanco, y acompañaste a Pa hasta el Monumento a la Revolución, para apoyar al candidato del Partido Revolucionario de Unidad Nacional; pero sobre el caballo blanco tú no viste, niña, a ese hombre más bien feo sino al príncipe de tus sueños, tu primo Agustín, al que ese año conociste y a quien, más tarde, le escribiste los cuartetos de tu ternura:

Como rosa que al sol se abre,
como rocío que se estremece,
así mi alma desfallece,
por alcanzar tu divino amor.

Qué grande ante mi vista es
el oyamel que hoy nos cubre,
tal parece querer en su altivez
tocar con su punta el cielo.

Al igual que el oyamel,
en un esfuerzo supremo
quiero tocar mi cielo,
quiero el imposible... a ti.

Mas si todo en vano es
y a mí, como al campo, el hielo me matara,
antes de morir te dijera:
muero pensando en ti.

Calcomanía fue el título de tus versos, al estilo de Campoamor. Flotabas entre nubes y escuchabas las notas desprendidas de la Orquesta Sinfónica de México, que acababa de estrenar el Huapango de José Pablo Moncayo. Coleccionabas poemas de amor en una libreta, a la que también añadías, para dejar claro el sentido de tus sueños, recortes de revistas de modas. Los poemas y las imágenes de esa libreta te delatan: las ganas de un beso.

¿Regresamos a tu fiesta de quince años?

miércoles, 10 de julio de 2013

16 de julio de 1947

Me preguntas

Me preguntas, inocente, si te quiero.
¡Qué pregunta! ¿Acaso no sientes mi calor?
¿No sabes, tesoro, que por ti me muero?
¿De veras no lo sabes todavía, amor?

Entiende de una vez que mi pensamiento
es alado y vuela siempre a ti ligero,
que todas las noches arde mi ardimiento
(peno y lloro, como un ave sin su alero).

¿Recuerdas aún? Ya olvidaste aquel día
en que, con ardor dulce y con ansia loca,
mi amor desfalleciente sólo quería
robarle todos los besos a tu boca.

Y preguntas, inocente, si te quiero.

María de la Luz 


México, a 16 de julio de 1947
Agustín:

Te agradezco infinitamente la confianza y el amor que has depositado en mí. Y no sólo te prometo guardarlo con recelo, sino que con todas las fuerzas de mi corazón lo aumentaré.

Bondad, amor, sinceridad y todo cuanto siembres en mi alma, será correspondido. Y, llegado el día, te mostraré el fruto de tus esfuerzos.

Mis deseos son los tuyos. Y también, como tú, confío en que Dios nos permitirá unir para siempre nuestras vidas y nuestros corazones.

No creo que nuestras relaciones sean del todo desconocidas por mi mamá, ya que ella, como cualquier otra madre, adivina lo que pasa en nuestro interior; pero, de todos modos, es lo más prudente contar con el consentimiento, tanto de ella como de mi tía. Y esto, si te parece bien, será tan pronto como te sea posible venir.

Mas hay algo que desearía pedirte y que es de principal importancia… ¿Has hablado de todo esto con tus papás? ¿Dan su consentimiento? ¿Qué te han dicho?

El castigo (si es que lo mereces) no podrá ser otro que el de descansar y no abusar de tus fuerzas.

Debo decirte que tu carta me llegó hasta ahora, miércoles, a las 9 de la mañana. Ya podrás darte cuenta que el timbre de entrega inmediata es sólo un lujo, y no quisiera que siguieras gastando en algo que no da resultado. El sello de Puebla es del 12 de julio… y el de Tacubaya del 16 de julio. ¿Verdad que no hay objeto de hacer ese gasto? Sin embargo, en mi carta usaré “la entrega inmediata". Tú me dirás qué tan inmediata es.

El sábado en la tarde fui con Lili a San Francisco para hacer la velación por ser día 12. Después nos seguimos hasta las calles de Argentina, en donde compré el escudo de Ingeniería, el cual uní al que me diste por medio de una cadenita de oro. Y hablando del escudo, te estoy muy agradecida y espero que me platiques lo referente a él.

El domingo fui a la Congregación, oí misa en San Francisco y puse atención a la plática. En la tarde fuimos al cine Lido, pasaron Inspiración trágica. Me pareció buena, aunque un poco fuerte.

Espero tu llegada para muchas cosas, y una de ellas, ya que es de tu agrado, será ir a ver a la Reverenda Madre. ¿Será pronto cuando vengas? Dios quiera que así sea y que arregles con bien el trabajo del que me has hablado. 

Da saludos a mis tíos y a todos de nuestra parte. Y tú recibe el cariño de María de la Luz.

P.D. Son las 4 P.M. y en estos momentos salgo a depositar la carta.

NOTAS. (1) El conmovedor poema con que inicia esta carta está compuesto con una evidente voluntad métrica y rítmica: tres cuartetos dodecasílabos (aunque imperfectos) de rima encadenada (ABAB/CDCD/EFEF) que son el reclamo airado pero enternecido de la amante que, habiendo dado muestras de sus sentimientos, se sorprende ante las dudas del amado. A sus 21 años, María de la Luz elige como lectura de poesía a ciertos autores, aquellos que ronden en sus versos la dinámica amorosa, desde Sor Juana Inés de la Cruz hasta Rubén Darío, pasando por Ramón de Campoamor, Enrique González Martínez, Manuel Acuña y Ramón López Velarde. A todos ellos intenta imitar, no con afanes estéticos sino con el deseo de encontrar la manera de decir aquello que parece inefable. Entonces, casi me retracto: pareciera que sí hay un esfuerzo estético; sin embargo, dicho esfuerzo no tiene como causa ni como fin la belleza, sino el amor. (2) Inspiración trágica (The Two Mrs. Carrols) es una película estadounidense de 1947 dirigida por Peter Godfrey y estelarizada por Humphrey Bogart, Bárbara Stanwyck y Alex Smith. Se trata de una historia de infidelidad y locura, lo que explica que a la joven María de la Luz le haya parecido "fuerte".